lunes, 30 de enero de 2012

Una... zorra


“Se te ha ido de las manos, Silvia. Tú sólo querías hacerte pasar por una pequeña zorrita, llamar su atención, hacerle creer que en cualquier momento podría follarte... y ganarte un nuevo chico cándido a tu entera disposición... otro de tantos...

Y sin embargo estás aquí, joder, estás lamiendo, bebiendo en su polla de tu propia saliva. Esto no es zorrear, pedazo de puta. Se la estás comiendo, Silvi, y de qué manera... Dios mío, ¡estás haciéndole una puta... mamada!! Debes de haberte vuelto jodidamente subnormal”.


Aquel falo era más grande que cualquiera que hubiera visto antes, exigía ser acogido, cuidado, recompensado en su tórrida inmensidad. Y mis labios, groseros, por nada del mundo  iban a perderse esa experiencia. Luis, casi un desconocido, apenas si murmuraba unos gemidos contenidos mientras mi lengua, mi habitualmente tierna y modosita lengua, se recreaba en el sabor de su alucinantemente enorme... rabo.


No sé cómo lo había hecho. No sé en qué momento había escogido yo aquello. “¿Te la chupo un poco? ¡Sí, claro!”. ¡Ni sumergida en alcohol, vamos! ¡Se trataba de una opción totalmente... inconcebible!

Me sujetó la cabeza desde la nuca para llenar de aquel pollón toda mi boca, despacio, y un inesperado calambre respondió desde la parte interior de mis muslos con el sentimiento de estar siendo manejada cual muñeca entre su entrepierna y sus musculosos brazos. “¿Inconcebible, Silvia?” me dije al tiempo que despegaba aquel miembro de mi lengua y dejaba caer sobre él un poco de saliva antes de volvérmelo a... tragar, para seguir besándolo. “¿Inconcebible? ¿Estás de coña?”.

Luis era nuevo en el grupo, parecía un chico muy majo, y yo tenía la intención de intimar especialmente con él, pero sólo como amigos, lo normal, vamos. Al acercarme a él aquella noche pretendía, bueno, sí, deslumbrarle, calentarle un poquito; me gusta saber que mis amigos me miran así; pero la gracia no estribaba en terminar satisfaciéndoles, sino... más bien en lo contrario.

(Dios... Llevó un dedo hasta mi boca, humedeciéndolo, para después internar su mano en mi vestido desde el escote con el afán de envolverme de su tacto un seno y acariciarlo con ansiedad, mientras yo continuaba en mi sensual forma de lamérsela. Un mamar lento, sensual, caliente. El besar de una chica aplicada).

Las cosas habían salido de una forma muy distinta a la que me esperaba. Al fin y al cabo, Luis era el chico nuevo para todas, y yo no era la única que se lo quería ganar, es decir: Se pasó la noche rodeado de las zorras de mis amigas, de risas fingidas, de piropos fuera de lugar... de putas, joder, de putas. Y yo, que me había revestido con el gloss, el rímel, mis mejores trenzas y un vestido descarado apenas si podía aprender de lo bien que se les daba a todas. Supongo que él ni se podía creer aquel despliegue de feromonas de mujer que persistía en el espectáculo por su atención.

Ahora era mi gloss el se deshacía en su polla, claro, y el mismo tío que minutos antes ni me miraba estaba bajándome el vestido y desabrochándome el sujetador para dejar mis tetas pendiendo al alcance de su vista, desnudas, y así poder sobármelas a voluntad, al tiempo que el sonido que provocaba el jugo de mi boca al mamar era lo único que irrumpía en el silencio que nos rodeaba. “Me pregunto si seréis capaces de superar esto, panda de guarras”.

--¿Dónde está Luis? Hemos dejado los bolsos en su coche, y quería marcharme a casa --le pregunté a Juanjo, el chico del grupo que lo conocía ya de antes y que le había invitado a integrarse, una vez dí la noche por perdida.
--No lo sé, pero tranquila, ya me ha dejado una copia de las llaves por si acaso. Me las devuelves, ¿vale?

Genial. Contaba con poder estar a solas con él mientras me acompañaba hasta su coche, por lo menos. De hecho, era la única razón por la que había dejado allí el bolso, ya que cargar con él no me era tan incómodo y habíamos aparcado en un pequeño descampado que me quedaba lejísimos de casa. Pero ni eso me iba a dar. De hecho, iba a tener que acudir a aquel descampado yo sola en mitad de la noche. “En fin”, me resigné, preguntándome si el karma tendría algo que ver en todo aquello.

Pasé el camino recordando los pocos ratitos que había tenido para que hablásemos los dos solos, Luis y yo. Ya sabía que era muy majo de alguna vez que nos lo habíamos cruzado, y aquella noche no me había servido sino para reafirmarme. Agradable y caballeroso con nosotras, tan animal y divertido como el resto con ellos y, sobretodo, abierto. Sus ojos derrochaban sinceridad cada vez que te hablaba, característica que por desgracia resulta, hoy en día, tan sorprendente como cálida y reconfortante.

Amanecía ya cuando llegué al vehículo, contra un frío de la leche. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que dentro... había movimiento; mi reacción instantánea fue pensar que alguien estaba robando o algo, por lo que me escondí a mirar y saqué el teléfono para avisar a la policía; pero vaya, pronto volvería a guardarlo.

Era el mismo Luis el que estaba sentado en el asiento del conductor. No estaba allí para estar solo, claro: La melena de una chica, o más concretamente la de Laura, se dejaba intuir con intermitencia tras el volante. La muy puta bombeaba la cabeza sobre sus piernas, dándole a conocer su forma de besar de la más reconfortante de las maneras. Joder, Laura, siempre has sido la más zorra de todas nosotras, pero... ¿ya? ¿de verdad? ¿Una noche, y te lo llevas al coche a... mamársela?

Ahora suena irónico, ya lo sé. ¡Dejadme en paz! ¿Qué más os gustaría que ser vosotros los que en este mismo instante tuvierais vuestro glande deshaciéndose en mi lengua...? ¿Verdad? Cinismos los justos, muchas gracias.

Bueno, por suerte sabía como deshacerme de ella. Llamé al teléfono de Luis al tiempo que salía de mi escondrijo. Él tuvo la osadía de descolgar; ella, la picardía de seguir mamando, algo que pronto se había de acabar: Laurita tenía novio, y no podía dejar que yo los pillara.

--¿Sí?
--¿Luis? Oye, que soy Silvia, que te llamaba porque estoy yendo a tu coche para recoger el bolso... --su reacción inmediata, como cabía esperar, fue esconder la cabeza de Laura y mirar alrededor. Y me vio --¡Anda! ¡Ya te veo que estás dentro del coche! -fingí sorprenderme --Pues nada, ya te cuelgo!

El caos se originó al instante dentro del autocar, no tenían más remedio que ser descarados en su intento de disimular lo que allí dentro estaba pasando . Cuando llegué, Laurita aún se colocaba el vestido, con todo el pintalabios totalmente corrido alrededor de aquella experimentada boca que se gastaba.

--¡Hombre! ¡Laura! ¿Tú también habías dejado el bolso aquí? -le dije, haciéndome la despistada.
--Si... Sí, sí, venía a por el bolso también, pero vamos, que ya me iba ¿eh? ¡Que van siendo unas horas y eso...!

Se puso la cazadora, avergonzada, y salió del coche sonriéndome. Sin ningún bolso. Bah, era más que consciente de que los había pillado, hasta tal punto que ni tan siquiera hizo amago de alargar la situación y se despidió allí mismo de nosotros, con cara de tonta, supongo que con intención de reflexionar sobre cómo salir del atolladero en el que se había metido ella sola.

Cuando miré a Luis, lo que encontré fue aún más desconcertante. El tío se había cubierto las piernas con su chaqueta... pero no era difícil apreciar que sus pantalones seguían bajados ahí debajo. Por dios, hasta para mí era un escenario incómodo. Subí al asiento del copiloto sin saber muy bien dónde mirar, si bien triunfante por tener al fin un momento a solas con él... mas no supe muy bien qué decir, y un inquietante silencio se hizo entre ambos. Sería él quien lo habría de romper:

--Sí, ¿tu bolso no? Supongo que estará por el asiento de atrás... Cógelo, claro.
--Ya. ¿Me lo coges tú, por favor?

Me miró con cara de “tienes que estar de coña”, y pude apreciar en la sinceridad de aquellos ojos que estaba ciertamente cabreado conmigo. Normal, considerando que le acababa de joder una mamada -que para colmo le ponía en compromiso con el grupo-. Y, encima, le pedía que se girase a por mi bolso, sabiendo perfectamente que no podía hacerlo porque de inclinarse haría resbalar la chaqueta, revelando que sus pantalones no estaban donde debieran y destapando todo el marrón del que sabíamos de sobra que éramos conscientes ambos.

--Silvia, oye, dime... ¿has venido a joderme la vida? -me escupió resuelto.
--¿Qué? ¿Por qué dices eso, Luis? Claro que no...
--Venga ya, no me jodas. Sabes perfectamente lo que me estaba haciendo tu amiga. Tenías que habernos visto hacía ya rato para cuando me has llamado, estabas más que cerca. Bueno, qué coño, si aún se me nota la puta polla dura debajo de esta chaqueta de mierda, no me tomes por imbécil, por favor.

Mi vista se desvió involuntariamente al escucharlo. ¿Que se le notaba? ¿Dónde? Sí que había una especie de ‘arruga’ en la chaqueta sobre donde debería de estar, hipotéticamente, su polla, pero aquello no podía ser la figura de un falo... Más que nada porque de ser así sería demasiado... largo...

--No, si yo no... -y el mundo, de repente, desapareció --oye... Dices que todo eso... ¿Es tu rabo? -pregunté, atónita.
--Si, ya, hazte la tonta ahora. Vamos no me jodas, Silvia.
--Dios... -murmuré en mi asombro, incrédula.

La curiosidad, aunque vestida de mi timidez, guió una de mis manos sobre la chaqueta para tocar el doblez al que yo me refería. Sólo... para comprobarlo. Aún no dejaba de esperar que fuera una forma de la prenda arrugada, y que cediese al tacto... y sin embargo, pude comprobar cómo su miembro, firme, se erguía duro debajo... --joder, pero si esto es enorme Luis...

Él calló de inmediato. Aún se le notaba molesto, no en vano le había interrumpido el lamer de la profesional Laura, pero le gustaba la dirección que estaba tomando el momento, y supongo que quería abstenerse de decir nada que pudiera complicarlo. Chico listo.
Yo, por contra, en absoluto tenía previsto por dónde tenía que seguir la circunstancia. Es decir... no sé, de repente le había tocado la... la cosa... yo no tenía intención de nada... y aquello no era... adecuado... mas tampoco es que sea tan tonta, estaba haciendo lo que estaba haciendo y, por primera vez en toda la noche, me sentía algo así como triunfante: Luis estaba allí, conmigo, rezando a la suerte, y con ninguna otra.

Desde luego, si de algo estaba segura era de que no iba a quedarme sin verlo, así que dejé deslizarse la chaqueta a un lado, descubriendo aquel monumento al hombre que Luis tenía por falo. La forma en que me miró me indicó que para él eso ya venía a querer decir que me estaba preparando para chuparla.

--Joder... -me fue imposible reprimir exclamar de nuevo al desnudarlo. Era aún más grande de lo que presentía, era una especie de pieza de carne ardiente del tamaño de mi antebrazo. El pene no es precisamente la parte más sensual de un hombre, pero es que aquél era de escándalo. Y sí, aquello lo hacía muy, muy caliente. Y el hecho de que fuera, bueno, de Luis...

Dejé que mi mano lo envolviera, o intentara envolverlo al menos. Seguía sin estar decidida a llevarlo más lejos, pero, virgen de mi vida, al menos no iba a quedarme sin tocarlo. Luis me miró, impacientado.

--Aun se nota la saliva de Laura... -murmuré hipnotizada, no sé si para él o para mí, al notar un poco de humedad en mis dedos --dios, mira... si tienes aquí toda la marca de su pintalabios...

Él insistía en su silencio, lo que era inteligente. Chicos, hay frases que pueden desatarnos, pero el resto tienden a echarnos atrás, por lo que si no estáis muy seguros de qué debéis decirnos, creedme, estáis más guapos callados.

De alguna forma, el hecho de notar aún las muestras de que Laura acababa de estar chupándolo me incitaba... bueno... a probar. Era como si, no sé, aquellas marcas lo convirtieran en algo para metértelo en la boca... como si aquel pene fuese algo “chupable”... como si fuese lo... lo propio... lo natural. Lo que, sumado a su tamaño...

Mis dedos, involuntariamente, habían empezado a moverse, masturbándolo un pelín en lo que pretendía ser tan sólo una misión de reconocimiento. Y yo, sin saber muy bien cómo, tenía aquella polla cada vez más cerca de mi cara...

--Te confieso que me está llamando probártela un poquito... -alcancé a decir sin estar segura de querer hacerlo --pero... no sé...

El movimiento de mi muñeca se había acelerado. Él seguía tenso, callado. Sólo dios sabe la manera en que el muy cabrón lo estaba deseando... y yo... yo no sé si lo deseaba... aunque sí que me sentía... como imantada, alienada... abducida, no sé cómo explicarlo...

Mi cabeza se había acercado muchísimo a aquel pene sin que yo me lo propusiera... Apenas podía creérmelo... Estaba completamente reclinada, a apenas unos centímetros de... de “él”... y el sabor de aquella polla, fuera por el olor, el recuerdo de sus predecesoras o el poder de la fantasía, se dejaba intuir ya con intensidad en mis papilas gustativas... abriendo mi apetito por.. bueno... por mamársela.

--Joder...-susurré, acercándome aún más despacio... y más... hasta alcanzar levemente el contacto con mis... labios... Silvia, ¿pero qué...? Le di un pequeño besito, húmedo... mientras sentía cómo el morbo provocaba que mi boca se llenara de saliva...

Dejé que mi lengua asomara un poquito... lamiéndola con timidez... y enfermé de calor al comprobar que aquella polla sabía intensamente a... Laura.

-Mmmm... -gimió despacio una desconocida en mí al tiempo que mis labios rodeaban su glande.
-Oh, dios... -se atrevió él a decir, por fin.
-Joder... Luis... dime... -susurré al tiempo que le miraba de reojo...- ¿Te apetece que te la chupe un poco?
-Dios, sí...
-¿Quieres que te la chupe? ¿Sí? ¿Sabes? Creo que voy a chupártela... -el movimiento masturbatorio de mi mano era ya descaradísimo.
-Oh... joder...
-A chupartela toda... toda... toda... Dios... creo que estoy a punto de chupártela, Luis...
-Sí... por favor... sí...
-Sí... - le dí un lametazo, y después otro -sí.. te la voy a chupar... Luis te la voy a chupar...!!
-Chúpamela, vamos..!! ¡Chúpamela!

La besé, y volví a besarla, y saqué mi lengua para pasearla por todo aquel falo, desde su base hasta el glande.

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-Joder, Luis... Oblígame a hacerlo.
-¿Qué?
-Que me obligues. Que me fuerces. Por favor... oblígame a mamarte la polla... Me muero por comerte la polla... Luis... por dios, fuérzame a hacerlo...

Tenía que estar muy fuera de mí para estar hablándole así, pero pocas cosas coartan al hombre a renunciar a una mamada, y en un instante estaba sujetando mi nuca con cuidado y fuerza, en una mezcla de cautela e impaciencia, y envolviendo su pene en su otra mano para ponerlo apuntando hacia... mi boca... antes de disponerse a...

...empujar. Empujar hasta alcanzar el tacto.

--Oh, joder... -exclamó su voz al tiempo que su glande alcanzaba la frontera de mis labios, calentándome --vamos...

Él conducía mi cabeza, y yo le dejaba hacer, excitándome pensando en que ya tampoco podría librarme de su mano si quisiera. Iba a mamársela... y ya no podía hacer nada por evitarlo.

Y pues bien... ahí estaba yo ahora, lamiéndosela medio desnuda en un coche aparcado en mitad de un puto descampado. Mis tetas bailaban en mi vaivén, la mandíbula me dolía de tanto tenía que abrir la boca para meterme aquel rabo, y Luis miraba al cielo ya inmóvil conforme su orgasmo se acercaba. No tardaría en llegar, y su jugo terminó de rematar mi condición de guarra cuando se atrevió a eyacular sin pudor en mi boca, como si no pudiera molestarme... y, de hecho, no molestándome. Vamos, para nada...

Me levanté para recostarme en el asiento jodidamente extasiada, percatándome de que una sonrisa idiota se había instalado en mi cara. Aquello era sin lugar a dudas lo peor: Lo bien que me hacía sentir lo que había hecho. Jamás había tenido una relación sexual tan, tan desligada del compromiso. Creo que era el saber que lo había vuelto loco, que había sido la causa de hacerle sentir la mayor felicidad del mundo por un instante, y lo fácil que había sido hacerlo lo que me hacía sentir así.

Ahora se encontraba sentado, frente al volante, con los ojos cerrados y la cabeza mirando al cielo, respirando profundamente en una postura que delineaba su mandíbula y que lo hacía bastante atractivo, lo que no era difícil. Su pollón, por su parte, seguía tieso cual mástil entre sus (bastante atléticos, por cierto) muslos. Tanto tiempo mamándolo me había hecho olvidar cuan grande era aquel sable que ese chico se gastaba por paquete.

Mi mano volvió a él. Regresó a su polla. ¿Seguía dura, no? Pues hice lo propio volviendo a envolverla de mi tacto. No sé por qué, pero me sentía como si mi curiosidad siguiera ahí, incansable. Como... como si no acabase de chupársela, vaya.

Por supuesto, el falo estaba tan húmedo como la primera vez que lo había masturb... tocado. La diferencia, claro, radicaba en que esta vez lo que se notaba no era la saliva de Laura, sino la mía. Aún era más, mi gloss también lo había manchado, como lo hiciera primero el pintalabios de Laurita. Pude apreciar que la marca que ella había dejado quedaba significativamente por debajo de la mía, casi en la maldita base de aquella torre, lo que venía a significar que su mamada había sido mucho más profunda que la de mis labios. Pero... ‘¿cómo diantres lo haría?’, pensé. ‘¿Como podía habérsela metido... tanto?’.

Yo también quería tragar aquel pollón así. No quería ser menos que Laura. Cuanto menos quería... intentarlo.

--Oye, Luis... -susurré, de sobra apuntalada en mi rol de chica-que-te-la-chupa-porque-le-encanta --¿Te apetece otra?
--Otra... ¿mamada?
--Sí... Otra mamada... -de nuevo, mis dedos lo masturbaban sin pudores -¿No te apetece que te la chupe... otra vez?
--Dios...

Puso su mano sobre mi pierna, por encima del vestido. --Espera... -continuó al tiempo que volvía a recostarse en su asiento para recuperar el aliento.

Silvi, ¿alguna vez habrás sido así con otro hombre? Quiero decir, acabas de hacerle una mamada, tienes la puta mandíbula dolorida de lo que te ha costado hacerle esa mamada, los labios agrietados por el roce, y estás aquí, medio desnuda, con las peras fuera, masturbándolo de nuevo y ofreciéndole una segunda felación para ver si eres capaz de meterte aún más profundo el puto monumento de Luis... tal como lo ha hecho antes Laura. ¡Es una locura!

Y entonces, me besó. Por primera vez en toda la noche, se inclinó hacia mí hasta alcanzarme y besarme. Si le molestaba el sabor que su semen podía haber dejado en mi boca, la manera en que me metió la lengua lo disimulaba como los ángeles. Y todo dejó de parecerme una locura. Y dejé de pensar en nada. En nada que no fuera besarle. Llevó su mano izquierda hacia mi cuerpo, hasta tocarme las tetas. No me importaba, ya me las había sobado suficiente antes. Lo que me importaba era que estaba besándome. En un principio, podría incluso decirse que con ternura, pero la temperatura, como podréis imaginar, no tardó en subir, y lo que eran unos labios conociendo otros labios y una lengua conociendo otra lengua se convirtió en dos bocas con sed, incapaces de sentirse nunca lo suficientemente cerca. Su cuerpo se inclinó sobre el mío, empujándome contra el asiento al tiempo que su lengua trataba de invadirme. Cariño, eso lo hacías mejor con la polla... pero esto es aún más fácil de disfrutar.

Cuando se despegó de mí, sentí que me faltaba el aire. Pude ver en su cara el reflejo de la expresión que debía de estar poniéndole. Siempre me parecieron sexys los gestos que cualquier chica hace cuando se siente cerca de satisfacer cuantos deseos la convierten en necesitada. Un calambre escaló desde uno de mis jodidos pechos gracias a sus dedos, que jugaban a acariciarme el pezón, llegando a pellizcarlo... Y que subieron hasta mis labios para acariciarlos... a lo que respondí con mi lengua, por lo visto incansable. Pero su tocar escaparía de nuevo hacia mis senos para dejar mi besar disponible y permitir así a Luis volver a volatilizarme. Joder, Luis, si hubiera sabido que existían hombres así antes...

Su boca me abdució de nuevo, ¿cómo no iba a hacerlo, si besaba como los malditos dioses? Y aún estaba sumergida en su besar cuando noté que su inquieta mano empezaba a jugar con mis piernas... ascendía el tacto por mis muslos... y llegaba a mi entrepierna... Pero... No, Luis... Eso no... Buscaba mi vagina... Por dios, Luis... No... La encontraba... percatándose de que estaba empapada... la acariciaba... Oh joder... encontrando mi clítoris... Maldita sea, Luis... y masturbándome con aquel don sexual que no se relegaba al tamaño de su... Joder Luis... No... no lo dejes, por dios... Mientras su lengua seguía desesperada por lamer cuanto escondían mis besos...

--Oh sí, ¡Luis!... -gemí: estaba caliente como una zorra, desbocadísima, mi cadera se contraía sobre el asiento para sentir aún más lo bien que a aquel chaval se le daba masturbar, y mi cuerpo empezaba a sudar, todo él, cuello, muslos, pechos, ¡todo!, era increíble, era absolutamente increíble, tenía que estar soñando, tenía que estar muriendo, tenía que...

...tenía que acostarme con él. Por dios, como fuera. Tenía que meterme a aquel hombre. Tenía que hacérmelo, tenía que hacerlo todo, tenía que sentirlo todo.

Lo separé de mí con mis dedos de mujer y lo recosté sobre su asiento para llevar mis pequeñas manos bajo el vestido y quitarme con mis braguitas la única pieza de ropa interior que aún vigilaba mi castidad. Me percaté de que mis zapatos, de fiesta, seguían calzados... y me pareció... divertido.

No lo demoré un segundo, pasando mi pierna sobre las suyas y colocándome sobre él, de forma que mis pechos quedasen colgando sobre su boca. ‘Cómetelas, cielo’, exclamó en mi cabeza la voz de la peor de mis conciencias, recordándome que no había reparado en cuánto me apetecía que me lamieran las tetas. Las pegué a él y, como todo hombre que haya conocido, no dudó ni un instante en besar. La diferencia está en que algunos lo hacen mal, y otros bien... Y Luis, por descontado, sabía hacer que te sintieras tal como lo harías si estuvieras lamiéndotelas tú misma... Dios mío, Luis, ¿dónde coño estarías escondido toda mi vida?

Mis manos se apoyaban en su asiento, justo por encima de sus hombros, sujetándome encima de aquella polla en erección que insistía en reclamarme para mi deleite. Llevé una de ellas hasta la parte inferior de mi vestido para subirlo hasta hacerlo quedar por encima de las nalgas, cual trapo arrugado entre mis muslos y unas tetas que no se cansaban de ser besadas, y conduje su brazo derecho hasta quedar su mano sobre mi trasero. Su otro brazo lo imitó al tiempo que yo sacaba las tetas de esa boca para besarle el cuello, saboreando su piel.

--Cariño... -susurré cuando su oído se encontró cercano al sendero de mi lengua... --¿te apetece... follarme? -sus manos se apretaron a mis nalgas de sólo escucharlo.
--Joder...
--Pues cielo... ¿a que estás esperando...?
--Nena...

Sus brazos se tensaron, haciendo presión en mi cintura para... bajarla...

Continuará... ;)

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Se lo hizo con su hermano

Tras mucho tiempo de vida desordenada y escasez de relatos, me gustaría compartir con vosotros uno de esos regalos literarios que alguien decide colgar en la red sin su firma y que, a mi parecer, no se merecen ser olvidados. Sacado de http://foro.enfemenino.com/forum/pareja2/__f11183_pareja2-Relato-sexual-se-lo-hizo-con-su-hermano.html

Ojalá lo disfrutéis ;)


Hola, me llamo Marta.

No sé muy bien por dónde empezar a contar todo lo que ocurrió el pasado verano, creo que empezaré por ubicaros un poco.

En la actualidad tengo 23 años y salgo con mi novio Sergio desde hace tres años. La verdad es que estoy como un queso, (al menos eso dicen todos los que me conocen). Mido 1,74, 58 kilos, tengo el pelo castaño tirando a rubito un poco rizado, morena de piel, boca pequeña, ojos grandes, no tengo mucho culo, pero a mi novio le vuelve loco, sobre todo cuando lo llevo bien marcado en unos vaqueros ajustados.
Pero lo mejor que tengo, sin duda, son dos buenas tetas. Son de tamaño mediano, tirando un poquito a grandes, muy duras, firmes, hacia arriba, con unos pezones rosados pequeños. Y todo natural, ¿eh?. Hay quien dice que darían envidia a cualquier chica Playboy.